RADIOHEAD

Hace tres semanas recibí una llamada de Sebastián Narváez, coordinador editorial de Noisey en español, preguntándome si quería hacer fotos en el concierto de Radiohead en Bogotá. Llevaba pensando en ese concierto desde que supe que vendrían y siempre tuve en mente la idea de registrarlo. Al escuchar esa propuesta, el corazón se me aceleró, sonreí extasiada y acepté.  Acto seguido, bailé en la sala de la casa mientras trataba de explicarle a mi amigo Vladimir, quien me miraba asombrado, lo que eso significaba para mi.

Durante dos semanas revisé videos de presentaciones en vivo de Radiohead, estudiando sus montajes de luces, buscando referentes de fotógrafos en vivo y contando los días, que pasaban más lento de lo normal. No sabía muy bien cómo podría ser profesional el día del concierto si cada vez que pensaba en lo cerca que iba a estar sentía tantos nervios, pero me repetía una y otra vez: nada puede salir mal.

Llegó el día. Los nervios aumentaban a medida que se acercaba la hora de salir al Simón Bolívar. Llegué temprano, sobre las 2 de la tarde, me acerqué a la entrada, triunfante, pero algo andaba mal. No me encontraban en la lista de acreditados y todo empezó a tornarse difícil. “Espere aquí”, me dijeron. Hacía frío, pero no podía hacer nada más. Muchas ideas pasaron por mi mente, entre esas comprar la boleta revendida a alguno de esos señores que pasaban por mi lado una y otra vez diciendo: "¡vendo boleta barata, boleta barata!". Al fin y al cabo, tenía que entrar como fuera, si no era a hacer fotos, necesitaba escucharlos. En mi mente sonaba una y otra vez el coro de “Exit music (for a film)”: “Breathe, keep breathing”, recordándome que estaba ahí, que todo cobraría sentido.

Luego de tres horas de espera logré entrar, aparecí en esa lista especial y me dieron una manilla de prensa.  ¡Estaba adentro! La espera y la passiflora me habían calmado los nervios y todo parecía volver a la normalidad. Sin embargo, no habían pasado diez minutos cuando recibí la noticia que cambió por completo el rumbo de esa noche: "No puedes hacer fotos desde el foso, si vas a hacer fotos tienes que buscar otro lugar", a mi lado, otros fotógrafos recibían una escarapela con la que les permitían entrar al foso, sin embargo, nunca tuve una de esas en mis manos. Pensé que era un error, traté de explicarles que estaba cubriendo ese concierto para un medio, intenté poner en palabras la importancia de estar muy cerca, como los demás fotógrafos, y lograr primeros planos de la banda. Pero no funcionó. Insistí, pero el NO fue radical. Estaba perdida, el frío se intensificó y mis manos estaban temblorosas, el lugar donde estaba parecía difuminarse, los sonidos eran lejanos, estaba confundida, frustrada y todo se oscureció por un momento.

Poco a poco asumí la noticia y a la vez, me preocupé mucho por el contenido que debía entregar, “ya relájate, disfrútalo”, me dijeron. Sin el peso de lograr esos planos cercanos, y la responsabilidad del trabajo, aún sentía un hueco en el pecho y tenía en mi mente cada una de las imágenes que quería sacar; definitivamente no estaba en el lugar indicado. La impotencia era cada vez más fuerte. Con ese sentimiento en el pecho, decidí caminar, respirar, ver el lente que tenía hasta dónde me permitía llegar, pero no me sentía cómoda, sentía que solo se veían manchas y puntos.

Recorrí una y otra vez el parque tratando de encontrar un espacio desde el cual pudiera hacer las fotos, pero cada paso que daba me hacía notar aún más lo lejos que estaba de ese primer plano tan deseado de Thom Yorke. Y cuando lloré, porque un sueño se me estaba escapando de las manos, decidí hacer un último intento para entrar al foso. Mientras veía como, en fila, entraban uno a uno mis colegas, recibí de nuevo las palabras: "tú no puedes entrar". Y volvieron el nudo en la garganta, el frío, las ganas de salir corriendo. No podía quitarme ese sentimiento de encima, pero guardé la cámara en mi maleta y le di la vuelta a mi manilla que decía "prensa". Había hecho todo lo que estaba en mis manos y faltaba poco para que iniciara, así que, entre la gente, cada vez más y más compacta, busqué a mi amigo Juan Rojas para disfrutar el concierto con él. No quería dar muchas explicaciones y sabía que había un espacio a su lado para mi.

Las luces se apagaron, puse la maleta con mi cámara en el piso entre mis piernas, solté por un instante el papel de fotógrafa y me uní a la espera de todos. Al fondo empezó a sonar ese piano inconfundible, el mismo que había escuchado las últimas dos semanas en los videos de sus conciertos en vivo. Tenía claro que el concierto empezaba así, a oscuras y con la  voz de Thom Yorke: “Dreamers they never learn ... ”, cerré los ojos y me concentré ahí por un instante, necesitaba mecerme al ritmo de todos, sentirme acogida y tranquila. Poco a poco, a medida que me envolvían esos sonidos, esas palabras hacían eco en mi interior, fui despertando, abrí los ojos y sentí una necesidad inmediata de hacer fotos, tal cual lo veía, tal cual lo sentía, para mí, para recordarlo desde ese lugar. Cogí mi cámara y empecé a avanzar, quería estar lo más cerca posible.

Lo intenté pero se había creado una barrera casi impenetrable, todos cuidaban su puesto, no podía ir ni hacia atrás ni hacía adelante, no sabía dónde pararme. Finalmente, luego de un codazo que me gané de un fan apasionado, encontré un lugar, el único más o menos decente entre esa barrera de personas. Estaba lejos aún, pero logré encajar como una ficha de tetris, así que no pensaba moverme en un largo rato de ahí. Respiré, no podía creer que estuviera haciéndolo, se había convertido en un reto personal, en una demostración a mi misma de cómo transformar la situación, de seguir esos impulsos que vienen de adentro y fluir.

Todos a mi lado tenían los ojos cerrados, sonreían y solo irradiaban calma, como pude saqué mi cámara, busqué un hueco entre las cabezas que tenía en frente y disparé poco, al ritmo de la música, al ritmo de los que estaban allí tan pegados a mi, moviéndose de un lado a otro, a un ritmo suave y perfecto.

¡Estaba ahí!, con Radiohead en frente, sola, en medio de desconocidos, abrazada por ellos sin que lo supieran, viviéndolo desde ese lugar al que llegué por un impulso imparable.. No podía revisar las fotos, no podía levantar mucho los brazos, todo tenía que hacerlo desde el pequeño espacio en el que estaba. Canté, reí, lloré, me uní al coro. Cada vez que tenía la oportunidad buscaba de nuevo ese huequito para tomar alguna foto, aunque ya no estaba concentrada en sacar las mejores fotos o los planos más detallados, solo quería vivirlo desde ahí, entendiendo que era el mejor lugar en el que podía estar.

Cuando empezó "No surprises" todo volvió a transformarse, empezaron a caer gotas del cielo y sentí, de nuevo, la necesidad de moverme. Volvió la incomodidad, la misma sensación que me hizo ir hacia adelante ahora me sacaba de ahí, quería verlo desde atrás, sabía que la lluvia crearía un nuevo ambiente, tenía que estar lejos para verlo completamente, respirar.

Y fue impresionante, me sentía en una alabanza divina, las personas guardaron sus teléfonos, se pusieron sus capotas e impermeables y siguieron firmes, dejándose llevar por ese momento increíble, todos parecían darle la bienvenida a esa lluvia fuerte, alzaban sus brazos y recibían la lluvia, tal como yo estaba recibiendo esa lección de vida, aprendiendo a soltar, a cambiar la mirada, a recibir esos “no puedes hacerlo” como motores que impulsan a querer hacerlo aún más.
 

Todavía recuerdo la felicidad que sentí cuando prendieron las luces, cuando volví a encontrar a mi amigo Juan, pero esta vez con una sonrisa para decirle: ¡Fue increíble!

Mi concierto fue así, de lejos, tratando de esquivar al alto de la fila, escuchando los gritos en mi oído de una chica que no podía contener su felicidad, moviéndome a un ritmo más cercano, más real, mojándome con todos y sacando mis propios recuerdos de esa gran noche.

Estas fotos son lo que resultó de ese momento, no puedo recordarlo de otra manera.


 

Bogotá, Colombia. 

Abril 2018